¿Qué es calidad de vida?
El hombre feliz es aquel que va cumpliendo el principio de Píndaro: “sé el que eres”. Es decir, sé tú mismo, desarrolla todo lo que llevas dentro, realiza tu personalidad y tu proyecto. Hegel opinaba que feliz es aquel que goza de sí mismo en su propia existencia: esto es, que ese hombre tiene una vida llena, pero no solo se trata de que esta se encuentre repleta, sino que además, todo está destilando un sentido, apunta en una dirección, se encamina hacia algo… esa dirección, ese camino son buenos, tienen permanencia.
La cura de nuestra intranquilidad no está en el exterior, sino en nosotros mismos. Tenemos que llegar a ser quienes somos para sentirnos plenos, satisfechos y felices. Se trata de que aflore nuestra propia identidad y de actuar en coherencia con ella. Este es el “yo” esencial que debe buscar cada uno. El camino para encontrarlo pasa por hallar el equilibrio y la armonía en los distintos elementos que nos conforman como seres humanos, que son de cuatro tipos:
a) Físicos: todos los referidos al cuerpo y la salud.
b) Mentales: rodos los referidos a la salud psíquica.
c) Emocionales: todos los referidos a los sentimientos.
d) Espirituales: todo lo referido al mundo de los valores, de lo ético y de lo religioso.
Además de estas cuatro vías que tenemos que explorar, hay consecuencias importantes para tener calidad de vida y que bien debernos analizar: se trata del ámbito material, aquel que está inserto en el trabajo como medio para ganarnos el sustento.
Todo ser humano tiene vocación de perdurar, de trascendencia. La muerte es el gran interrogante que nos enfrenta al sentido de la vida, a quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Todos, en algún momento de nuestra existencia, nos hemos hecho estas preguntas y de las respuestas que les hayamos dado depende en buena medida nuestra calidad de vida interior.
La sociedad no nos ayuda a solucionar estas cuestiones, que considera del ámbito privado de la persona; en todo caso, pone a nuestra disposición, bien los medios para alienarla sin ninguna respuesta concreta (hedonismo, drogas, consumo), bien para canalizarla a través de distintas opciones religiosas.
La respuesta a estas preguntas pertenece a nuestro ámbito más íntimo, porque en nuestro proyecto de vida tiene que reflejarse la solución que les hayamos dado, desde negar cualquier posibilidad de trascendencia, a pensar que toda nuestra vida y el mundo del que formamos parte tienen un sentido que cada uno debe descubrir.
Lo que es cierto es que todos los seres humanos tenemos un mundo interior que no podemos acallar, que influye en nosotros y en nuestras acciones exteriores; y somos capaces de sentir cuándo ese mundo interior está en armonía y cuándo lo tenemos patas arriba.
Más aún, no existe un paralelismo entre que las cosas nos vayan bien en el mundo exterior en el que nos desenvolvemos, y que nos sintamos igual de bien por dentro.
Por eso, un concepto global de calidad de vida no puede limitarse al ámbito material, ni al ámbito de la salud física, ni siquiera al ámbito de la salud mental o del bienestar emocional, sino que junto a todos estos y como culminación de ellos, debe incluir también el ámbito espiritual. Es más, el equilibrio y la armonización de aquellos desembocan, de forma natural, en este, quizá el menos transitado durante el siglo xx, pero no el menos necesitado de respuestas. Es por ello que es tan importante la integralidad de ellos en nuestra vida, la toma de conciencia de cómo vivimos y penamos, de cómo asumimos nuestro presente, visionamos el futuro y nos afecta lo pasado. Conformar un proyecto de vida que nos permita sentirnos bien con lo que somos y con el entorno es un objetivo que nos guiará al camino del bienestar integral.

